Los años sin duda te enseñan muchas cosas. Dicen que la universidad de la vida es la más rica en cuanto a lo que impartir clases maestras se refiere. En una ocasión, alguien muy cercano a mí me dijo que las clases que te da la vida son clases tremendamente buenas, los conocimientos que adquieres son cuantiosísimos y te hacen crecer y ganar en experiencia. Pero tras esto, también me dijo que como cualquier máster académico, esas clases hay que pagarlas, y en algunos casos el precio puede ser dolorosamente alto. Una de las lecciones que aprendí recientemente es que en esta vida no suele gustar que seas feliz. En cuanto eso ocurre, siempre hay alguien que intenta por todos los medios que la historia se trunque, acabar con ella, enterrarla. Siempre hay indeseables que disfrutan haciendo daño a los demás.
Generalmente esa gente intenta herir desde la choza que se construyen en el país de la envidia. Son resentidos, crueles, macarras, engreídos. Viven en la inmadurez que se demuestra al no entender, que todo el mundo tiene derecho a ser feliz, cada uno es libre de vivir su vida como quiera y con quien quiera, y todos tenemos la libertad de elegir a la gente que compartirá nuestro camino (aunque otro buen aprendizaje para mí, fue el saber que la propia vida se encarga de mostrarte quienes merecen realmente la pena, y quienes son simplemente piedras con las que siempre te arrepentirás haberte cruzado).
Es en el punto en el que los macarras atacan, cuando necesariamente debe salir a la palestra eso que llaman amor. Eso tan pasado de moda, tan ignorantemente denominado “ñoño”, y tan equivocadamente relacionado con la debilidad. El amor es sencillamente la receta que necesariamente debe aplicarse para que todo el daño que intenten hacernos no sirva de nada. El amor, y sin duda alguna, la lealtad.
Alguien dijo una vez que “sólo hay una forma segura de equivocarse: haciendo daño a los demás”. Es tan cierto como que el sol se pone cada tarde.
Los golpes bajos duelen, pero hay que saber que por muy fuerte que hayan sido, hay gente en la esquina del ring que te anima, te espera, y que confía en tí… siempre podrás levantarte y devolver el golpe, no debes permitir que te venza porque no lo merecen, porque no lo mereces y porque una gran verdad es eso de:
“Aquel que hable para herirte,
y te hiera por placer,
sólo podrá hacerte daño,
si tú le das ese poder”.
El que tenga oídos, que oiga.









