
Caminando el otro día por la calle hacia la estación de autobuses, me dió por pensar en lo poco moderno que soy. Sí, puede sonar a paja mental, pero pensándolo fríamente he llegado a esa conclusión. Basta con fijarse en las cosas que se "llevan" ahora, en lo verdaderamente moderno y actual del mundo que pisamos cada día. Está de moda la bisexualidad, el diálogo con niños (¡fuera castigos y azotes!), los malos tratos, las amenazas a profesores... Hoy en día hay que ser tolerante, admitir la llegada de cualquier inmigrante sin importar sus intenciones ni consecuencias, hasta incluso tener el deber de cambiar nuestra forma de vida y bonificar con nuestro dinero su estancia, otorgando privilegios sin sentido ni explicación racional.
Estamos en un país libre, democrático, adaptado a los tiempos que corren. Estamos en el país del aborto libre, de la adquisición de la "píldora del día después" sin límites ni restricciones y en la época del "todo vale" si el fin es nuestro propio beneficio.
Por fín llegué a la estación, tomé el autobús rumbo a mi casa, y mirando por la ventanilla mis pensamientos volvieron a reflotar. Nací en un país aturdido históricamente por gobernantes incapaces, chupones e ineptos. Nada cambió desde que en lo que ahora llamamos España, el primer hombre prehistórico decidió autonombrarse líder de la tribu. Dándole vueltas a eso, concluí que si pese a todo ello nuestro país sigue siendo el que es, tiene como motivo principal que los españoles somos una raza aparte. "Ser español, es saber perder", dijo Viggo Mortensen tras interpretar el film "Alatriste". ¡Cuánta razón tenia el gachó!, pero quizá se quedó corto en la definición: ser español es saber perder, no saber elegir, saber adaptarse a lo difícil, y cagarla en lo fácil.
Enfín, como decía al principio, ¡qué poco moderno me siento!. Yo creo en la educación firme (que no dura) a los niños, en el respeto a la moral y a la vida, en el control y regulación de la entrada de inmigrantes y en su expulsión automática si sus objetivos dentro de nuestro país no son los que deben ser. Abogo porque asuman en todo caso los mismos derechos y obligaciones que los nacionales, que pidan lo mismo si también aportan lo mismo. Creo en el control de todo medicamento o práctica abortiva, del asesoramiento e información claro en esos temas a cada ciudadano. Creo en la reducción de altos cargos con sueldos elefantiásicos, en beneficio de labores sociales que promueban (por ejemplo) el empleo digno. Creo en el castigo severo a todo maltratador, en la heterosexualidad que la naturaleza marca como base para la no extinción de una especie, y creo en definitiva, en todas esas cosas pasadas de moda casi ya en la época del medievo.
Sí, no me siento un hombre moderno, no tengo mechas rubias ni llevo "piercings". No voy con los pantalones a una altura que enseñe el trasero, ni vi en mi vida "Gran Hermano". He llegado a la conclusión de que no soy otra cosa, que un hombre que vive en un cuerpo del siglo XXI, con un corazón medieval.







